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EntreCaracoles

V.- En aquél tiempo no me gustaban los caracoles

V.- En aquél tiempo no me gustaban los caracoles

En aquel tiempo no me gustaban los caracoles. Tampoco las conchas rotas. Me ponía triste el ver su mutilación. Pensaba que dolía la parte que faltaba. No las pisaba para no lastimarlas; pero también, lo confieso, evitaba mirarlas.

Como si con eso, las cosas se arreglaran.

Para mí las conchas rotas tenían suerte de caracol. Tengo un recuerdo vívido de lo que entonces creía suerte de caracol.

¿Te acuerdas de la dama entre brumas? Ella tenía un jardín hermoso. Algunas tardes soleadas, se cubría la cara con el aura de su sombrero, se protegía las manos y salía a desherbar el jardín conmigo. La orilla de su bata casi rozaba el piso. Yo caminaba prendida de sus pasos. Bailaban abrazadas sombra y falda, cuando seguían su andar.

Mi corazón también bailaba. Gozaba al estar con ella, siempre y cuando no me mandara regresar a la casa para traer el salero. Si esa dama de manos tan hermosas, con dedos largos y uñas que brillaban en rojo quería la sal, había encontrado caracoles en sus violetas.

Hubo una primera vez. Cuando entreabrió las hojas de sus violetas los conocí. Escondidos del sol, se movían dormilones, parecían perezosos porque llevaban su casa a cuestas, su paso no era airoso pero al andar dejaban un camino de plata mojada.
Aún así no me gustaron, me dieron escalofríos. Sus pequeños cuernos apuntaban acusadores y sus cuerpos babeaban, blandos y transparentes. Mientras miraba la dama me pidió el salero, fui y lo traje sin rechistar. No sabía para qué lo quería. Me empiné en puntas de pies para mirar detrás de ella y entonces, vino el horror.

Antes de inclinar el botecito, la dama retiró con amoroso cuidado, cada hoja de sus violetas. No quería lastimar a sus flores, pero tiró sin piedad la lluvia blanca, sobre los desprevenidos caracoles. Cuando la sal les cayó encima, dejó de ser inofensiva. Hizo que los caracoles se retorcieran desesperados. Sin emitir sonidos, gritaban al silencio con su sólo movimiento. Se encogían poco a poco y de pronto, ya no estaban, quedaba sólo un charquito y su casa vacía.

Verlos convertirse en lágrimas era superior a mis fuerzas. ¿Por qué mi dama se ponía tan bonita para ser tan mala? Aunque yo intentaba esconder el salero, sucedió varias veces. Tantas, que por fin encontré cómo alegrarme. Me convencí de que los caracoles no se convertían en lágrimas; eran agua salada.

Habían vuelto a ser mar.

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1 comentario

Melissa Niño -

...que bonito! Que bonito cuento, tan lleno de magia, entrecortado por el llantoy la esperanza. Yo soy quizàs como la dama de las violetas, porque hace tiempo que abandoná el para vivir en la ciudad, y lo que tiñe el asfalto con su sangre de colores vibrantes, son las flores, flores que no puedo pisar porque como la dama, soy un poco màs romàntica, màs frìa quizàs.Quien sabe, pero que bonita historia, que buen regalo, para mì y para mu portada. Entré buscando una portada para mi edición bilingue de la poesía de Pedro, y me encontré con tu estampa del caracol entre las violetas, sin saber lo que significaba...
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