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III.- Cuando mis hermanos se fueron a estudiar, para mí, ardió Troya

III.- Cuando mis hermanos se fueron a estudiar, para mí, ardió Troya

Pero ¿por qué, si no me gustan sus silencios —y la prueba es esta costumbre que he adquirido de hablar sola— acepté a mi marido como era? Porque no me puedo hacer la tonta, siempre fue igual. Sí, ya sé que vale mucho como persona, pero me vuelve loca que no hable. Aunque, aún así, debo valorar la libertad que me da de ser.

Pero esto es un barullo. Resumir la vida en unas cuantas páginas es difícil. Lo que digo en un párrafo voy a contradecirlo en otro. ¿Cuál libertad de ser, si al poco tiempo de estar casada empezaron a surgir los deseos y la necesidad de ahogarlos? El problema no estaba en el matrimonio; mi marido era todo lo que podía imaginar.

Mi inquietud nació de ver lo que sucedía en la vida de mis hermanos. De niña, pantalones, patines y bicicletas me estuvieron vedados. Tuvieron el sabor de lo prohibido. Lo único bueno de ser la mayor fue que obligaba por la fuerza a mis hermanos a prestármelos. Aunque también sabía convencer con arrumacos y monerías.

Bueno, hasta cierto punto, porque cuando terminé la primaria ya no me dejaron estudiar, porque en aquellos tiempos mi prima, que era mayor que yo y había entrado antes a la prepa cometió la vulgaridad de frecuentar con sus amigas una refresquería en la que, según decían, los estudiantes se “jalaban las clases” ponían música estruendosa en la rock-ola y las jóvenes cruzaban las piernas al sentarse, enseñándoles los calzones a sus amigos. Así que, como mi prima enseñó sus calzones, ya no tuve la oportunidad de enseñar los míos. Y lo acepté pasiva, como si fuera ley.

Cuando mis hermanos se fueron a estudiar a México, para mí ardió Troya. ¡Ay! ¿Por qué me había casado? Me atreví a soñar que mi papá había cambiado, que si estuviera en la casa, yo también me hubiera ido. Y así empecé a esconder ese deseo traidor.

Claro está que, aún casada, algo hubiera podido estudiar, pero ¿y mi marido qué? Lo amaba entonces, como lo amo hoy, pero “cariño no quita conocimiento” y sé que, fuera de las cosas cotidianas. Nunca hubo entre nosotros temas comunes de conversación. Tengo un hombre de escasas, casi inexistentes palabras y también un hombre sin complicaciones mentales. Y aunque hoy no sea tan evidente, porque hemos llegado a parecernos, en aquel entonces las diferencias sí eran notorias. Por eso pensé: ¿Y si mi imaginación caminara? ¿Y si alimentara mis hambres? ¿Y si leía? ¿Y si me nacían alas... qué? Estaba claro que en tal caso, nuestros caminos ya no serían paralelos, así que nada. Más valía no pensar.

Relegué al fondo de mi mente el deseo de irme como mis hermanos, de no haber contraído obligaciones y creí haberlo desaparecido. Fue mi primer olvido voluntario de mujer.
El primer mes después de casada me bajó la regla y lloré. Sentí que no era mujer o que no servía para nada. Temía haber fallado sin saber muy bien por qué. Así de condicionada estaba para actuar sin discutir, para hacer sin reflexionar.

Al segundo mes ya no tuve la regla y ahora sí me sentí feliz. Había cumplido como mujer. Además de esposa, pronto sería madre. Comparado con ser madre, ¿qué importaba pensar en estudiar, o aprender algo, ni el irse de casa ni lo que fuera?

Pensar sólo me llevaría a desear lo que no podía tener.

Así llegó el segundo olvido.

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