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IV.- Él tomo el papel de bueno con los hijos, yo, tomaba las fotos

IV.- Él tomo el papel de bueno con los hijos, yo, tomaba las fotos

Graciela hace una larga pausa en su lectura, queda pensativa, después baja los ojos y continúa con voz aún más tenue:

Ser mujer. Se dice fácil pero ¡cuánto encierra!, cuántas sensaciones desconocidas y ni siquiera adivinadas vivió desde que lo conoció. La primera vez que sus entrañas se sacudieron en espasmos durante el amor creyó que iba a morir.

También lo creyó cuando vio su ropa manchada de sangre por primera ocasión y se le dijo que se había convertido en mujer y que algún día sería madre. ¡Qué curioso! ¿Por qué estoy hablando de mí, conmigo, en tercera persona?

Yo creí que moría y él se rió y me dijo que era un orgasmo. Buen apetito se me despertó y de qué manera lo calmó mi marido. Era tan fácil entendernos, llegar juntos, ser para él, lo que él quisiera. Y después, cuando ya me había enseñado a comer, de repente… la frustración.
¿Y él? Actuaba como si no sucediera nada así que no podía reprocharle. Me daba vergüenza y también dolor explicarle cómo me sentía ante la nueva situación.

No podía hablar de eso con nadie. Era nuestro y nada más, pero me sentía infeliz. Cuando finalmente se atendió, el daño estaba hecho.

Ahí se aposentó el tercer olvido. Calma en la superficie, la tempestad al interior.
Ahora está en ritmo, sigue narrando para no perder el hilo de su historia. Las inflexiones de su voz revelan lo que siente.

Los dos somos hogareños y amorosos, pero él me ganó la delantera al tomar con los hijos el papel de bueno y no puede haber dos en una casa. Alguien tiene que regañar y castigar cuando es necesario, y esa fui yo. Así me resigné a ser el villano de la película, y también a destacar ante todos el papel de mi esposo como padre amoroso y buen proveedor. Era él quien se preocupaba por peinarlos, perfumarlos y ponerles la ropa nueva para ir a una fiesta. Él quien recibía los abrazos. Acepté el papel que me tocó y olvidé que yo podía ser la buena, mi cuarto olvido. El amor de los hijos sería para él, y a cambio, él sería mío.

Olvidé que cuando me casé, usaba zapatos altos y la bolsa del color exacto. Caminaba con paso elástico y firme. Los zancos de los tacones parecían ser parte de mis piernas, podía caminar horas y horas sin sentir cansancio. Para viajar llevaba dos o tres maletas. Eran muchos los vestidos que necesitaba para que no me faltara el adecuado. Aquel que deseaba usar en ese momento. Me pintaba también; poco, porque nunca me ha gustado el maquillaje. Pero me pintaba para destacar mis ojos y pestañas, de las cuales me sentía agradecida y orgullosa.

En las raras ocasiones en que mi marido viajaba solo, era capaz de buscar, horas y horas, un modelo especial de zapatos o un perfume que yo deseara. Una vez la encargada de una perfumería le dijo: —por la forma en que la complace, se ve que su esposa es increíble— Él me compró en esa ocasión un perfume en botella de jade.

Si ella se refería a mi físico, yo ya no tenía un buen aspecto. Me había vuelto desaliñada y abandoné los tacones. Sabía que mis hijos lo percibían. Otras mamás eran tan acicaladas. Por eso caminaba atrás de mi marido, para disimular, cuando los recogíamos en la escuela, que ellos corrieran abriendo los brazos para lanzarse a los de su papá y no a los de la madre. Aún entonces, mi marido se mostraba orgulloso de mí. Nunca cambió. Estaba claro que seguía mirándome con los mismos ojos que me vio desde la primera vez, y yo, sólo a través de su mirada era hermosa.

Aquí empezaron los olvidos cotidianos, olvidaba reuniones, dejaba a los niños en la escuela el día que me tocaba ir por ellos.

Pero no olvidaba mis in domeñables deseos.

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