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EntreCaracoles

V.- No puedo negar que he sido una mujer amada. Mi esposo pagaba sus silencios con amor

V.- No puedo negar que he sido una mujer amada. Mi esposo pagaba sus silencios con amor

No arreglarme era mi ancla.

Hacía de mí un ser inseguro. Me ayudó a mantener las alas dobladas y escondidas. Sabía que la inquietud por vivir seguía latiendo allá en el fondo, incontenible, por eso era necesario sepultar el peligro, aún a costa de mi feminidad. Fue éste el quinto olvido.

Lo peor es que ahora que han pasado los años y es mi edad la que me escuda, ya no puedo abandonar esa actitud. No tengo ánimo para nada. Cuando me invitan a algo que me gusta, o estoy cansada, o sin ganas de moverme, o no tengo qué ponerme y eso, que parece un decir común de todas las mujeres, en mi caso es la reverenda verdad. No tengo qué ponerme, porque me he olvidado hasta del placer de comprarme ropa.

Y además, no me gusta la forma en que estoy narrando esto. Tal parece que mi marido me hubiera puesto una pistola para hacerme lo que me hice y no fue así. La decisión fue tomada en libertad, condicional, eso sí.

No puedo negar que he sido una mujer amada. Mi esposo sus silencios los ha pagado con amor, también haciendo mi vida fácil. Soy una persona que del aspecto práctico de la vida conoce poco, porque él todo lo atiende por mí. Es un hombre bueno en el estricto sentido de la palabra. No del tipo que se deja dominar y a quien no se le tiene respeto. Yo se lo tengo, reconozco sus limitaciones pero también su grandeza, que se revela en la facilidad con que se muestra humilde, pero, sobre todo, por la dignidad con la que asume cualquier factura que la vida le presenta.

Lo respeto y lo amo no porque yo sea Graciela la buena, es porque él se lo merece. Y merece mucho más de lo que yo le he dado. Merece una mujer íntegra y feliz, capaz de percibir la bondad de la vida que ha tenido a su lado, no una que ha vociferado que no tiene calidad de mártir pero ha vivido jugando el papel de tal.

No ha tenido la esposa que merece, sino media mujer.

Una con un pie en su casa y otro en lo que pudo ser.

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