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VI.- Hay una parte del abismo de mi mente que no te pertenece

VI.- Hay una parte del abismo de mi mente que no te pertenece

Al decir esto viene a mi mente con claridad un poema, se llama En lo profundo. En este momento veo por qué lo memoricé, dice así:

Hay una parte del abismo de mi mente//que no te pertenece.//Gritan ahí en silencio//las frases que jamás he dicho//y surgen tumultuosos los recuerdos//de hechos que nunca sucedieron.//Tienes mucho de mí//( yo así lo quise )//pero esa parte, es mía.//No permito el acceso.//Ahí persisten otras formas de mí//que no emergieron.//Tengo derecho a contemplarme//desde un mundo distinto//y no renuncio.//El mundo real es bueno// pero mi mundo es bello.//En el primero existo. //En el segundo, vivo.

Me gustaba mucho este poema. Hoy le percibo un enfoque distinto. Es cierto que no tenemos que derribar todos nuestros puentes. Pero tampoco es excusa mantenerlos, para vivir soñando. Nadie totalmente cuerdo puede limitarse a existir en la realidad, para vivir en sus fantasías. Quien tal cosa hace, se disminuye. En mi caso, al disminuirme, he timado a todos. A mi marido, a mis hijos y a mí. Y ese es el olvido que no llega. Y ése es el castigo que me doy.

Pretendo tener olvidos voluntarios y la vida me cobra con olvidos sintomáticos: Graciela, la despistada. Graciela, la que es capaz de olvidar hasta su número telefónico, pero no es capaz de olvidar lo se ha negado a dar. Ponerme en paz conmigo. Olvidarlo, será un paso importante.

II

Nunca en su vida le han prestado tanta atención a Graciela, la oyeron casi sin respirar. Ella se siente tan bien, que casi olvida las confesiones que acaba de hacerles. Está visiblemente emocionada por la grata reacción de sus amigas, hace un esfuerzo para seguir hablando y les dice: —Siempre he sabido que por encima de todo somos amigas y ahora lo constato. Ninguna de ustedes se muestra escandalizada por mis confesiones. He dicho que no me gusta el papel de víctima y he vivido regodeándome en él. Cuánto les debo a mi marido y a mis hijos. Cuánto me debo a mí misma también.

Graciela calla y pareciera que su silencio es interpretado por todas como orden para la despedida. Sólo habla Consuelo y dice: —Amigas, estoy segura de que no pensaron que sería yo quien lo pediría: Quiero que me den la oportunidad de ser la siguiente—.

—Claro Consuelo. Entonces, hasta el viernes— exclama una, y todas se retiran.
La mesa queda a solas y abandonados sobre ella, viandas y bebidas. Desde el cuadro, de repente se escucha la voz de la niña.

—Menos mal que con tantas novedades no le hicieron caso a la chismosa de Graciela ¿Para qué les habla de mis guiños? Si no se los hago, nunca se anima a hablar pero no lo hizo nada mal. Bueno, yo qué sé de eso. Ellas sí saben, sobre todo Antonia y Carmen, que son tan mandonas y sabihondas.

Ahora va a escribir Consuelo. Recuerdo que la primera noche que vinieron dijeron que era posible ¿transmu… qué? No me acuerdo, pero lo que si entendí, es que puedo convertirme en lo que quiera. Y qué bueno, porque con Consuelo, no me servirían los guiños. Creo que ya sé cómo visitarla. Ella no se lo imagina—.

Cuando el mesero llega a recoger la mesa,

todo es silencio en el patio del Café de Morgan.

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